El niño de la bola

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IV

LOS NIÑOS Y LOS VIEJOS

Poquísimas personas encontraron en las calles don Trinidad y Manuel al trasladarse de una casa a otra, y todas ellas se arrimaron a las paredes con no menos susto que respeto, para dejar pasar a aquellos dos maravillosos personajes de que tanto se estaba hablando en toda la ciudad.

No sucedió, empero, lo mismo cuando, llegados a la Plaza Mayor, tuvieron que cruzar por delante de la célebre botica.

Hallábase ésta a medio cerrar, y en la media puerta que aún dejaba paso a la luz de adentro veíase a Vitriolo, quien despedía a sus últimos tertulios, dándoles tal vez instrucciones para el día siguiente.

Tan luego como divisaron y reconocieron a la claridad de la luna el interesante grupo que formaban el cura y Manuel, comenzaron a reír y murmurar en voz baja, y aun los más jóvenes se atrevieron a seguirlos y a pasar casi rozando con ellos, a ver si les cogían alguna frase.

Quedó, sin embargo, defraudada su curiosidad, pues el párroco y su antiguo huésped no hablaron ni una palabra, como tampoco la habían hablado en todo el camino, y de este modo penetraron al fin en la antigua Casa del Chantre.


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