El niño de la bola
El niño de la bola A fuer de historiadores veraces, debemos decir que esta humilde y mal pergeñada deprecación conmovió profundamente al joven descreÃdo, no porque le dijese nada extraordinario, sino porque las piadosas lágrimas de los buenos tienen más fuerza que todos los raciocinios de la filosofÃa, máxime si caen en un corazón sensible y generoso.
Si don Trinidad hubiese empleado argumentos teológicos, Manuel habrÃa podido contestarle con argumentos racionalistas, como diariamente vemos en el mundo; pero contra el panegÃrico de Polonia, verbigracia, no cabÃa ninguna objeción.
Asà fue que Manuel se arrimó a su padrino, y le dijo quitándole las manos de la cara y limpiándole los ojos con el pañuelo:
—¡Vaya, señor cura! ¡No llore usted más, que sus lágrimas me están asesinando! ¡Considere usted que llevo muchas horas de defenderme de su cariño, de su irresistible bondad, de la dulce miel de su palabra, y que fuera abusar demasiado del amor y del respeto que le tengo seguir acometiéndome de este modo!
Don Trinidad se apoderó de la mano con que el joven le enjugaba las lágrimas, y, contemplándolo, entre lloroso y risueño, como un niño mimado, exclamó zalameramente: