El niño de la bola

El niño de la bola

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—Pero, ¡hombre! Míralo siquiera. ¡No lo desaires hasta el punto de volverle la espalda! ¡Piensa que es mi Dios, el Dios de tus padres, el Dios de tu patria que ha venido a hacerte una visita! ¡Piensa que estará muy afligido de tus desprecios!

Manuel, en quien, por lo visto, la superstición había sobrevivido a la fe (suponiendo que verdadera fe hubiese tenido nunca), intentó volver la cabeza hacia el Niño Jesús, y no se atrevió a ello. Antes dio un retemblido de pavor, y cerró los ojos deliberadamente.

Pero estaba escrito que aquel día ocurriesen singularísimas coincidencias. Decímoslo, porque Manuel y el cura oyeron en tal instante, dentro de aquella misma habitación, los tiernos sollozos de un niño. Manuel miró aterrado a don Trinidad, creyendo que quien lloraba era el Niño Jesús.

Don Trinidad sonrió tristemente, y señaló con el dedo a la puerta de la sala, que acababa de abrirse, y en la cual estaba parada la señá María Josefa, con un hermoso niño en los brazos, y sin atreverse a pasar adelante.

—No sueñes con milagros, ni verdaderos ni fingidos —dijo al mismo tiempo el cura a Manuel—. Aquí no hay más milagro que el que tu buen corazón haga. ¡Tienes en tu presencia al hijo de Soledad, que viene a pedirte perdón para sus padres!


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