El niño de la bola

El niño de la bola

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—¡Su hijo! —rugió Manuel, huyendo al fondo de la vasta sala—. ¡Esto más! ¡Ah, verdugos! ¿Os habéis propuesto matarme? ¿Os habéis propuesto volverme loco?

Y, hablando así, golpeaba la pared con los puños cerrados, como si quisiera hundirla y escapar de aquella gran emboscada en que había caído su corazón.

—¡Manuel, repórtate! —dijo don Trinidad, acercándosele dulcemente—. No soy yo tu verdugo. ¡Eres tú mismo, y también el mío y el de esa pobre familia que te pide misericordia!

—¡Llevaos, y esconded donde nadie lo vea, a ese vil engendro de la traición y la mentira! —gritó el insensato, sin volverse ni apartarse de la pared.

El niño tornó a llorar.

—¡Grande hazaña! —exclamó don Trinidad Muley—. ¡Injuriar a un pobre niño! ¡Asustarlo! ¡Despedirlo!

—¡No quiero verlo! —bramó el joven—. ¡Si lo viera, lo mataría!

—¡Poco te falta para matarlo! ¡Ya le has hecho ponerse enfermo! —dijo tristemente la abuela—. Su madre le ha dado a mamar veneno desde que supo que venías, y esta noche me lo llevo a mi casa, dolorido y hambriento, como si él tuviera la culpa de que tú no te consideraras dichoso.


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