El niño de la bola

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—Pero, ¿por qué no viene su padre en lugar de él? —replicó Venegas con desesperación—. ¿Por qué no viene el cobarde que me hurtó la dicha? ¿Por qué huye? ¿Por qué se esconde?

Don Trinidad hizo una seña a la señá María para que callara, y apresuróse a responder por sí mismo en estos términos:

—Supongamos que ese hombre de bien te teme. ¿No le sobra razón para ello? ¿Ha de ser todo el mundo tan sanguinario como tú? ¿No hay más que matarse con el primer desesperado que nos provoca? Porque, Manuel, ¡vamos claros! ¿Qué derecho tienes tú sobre Soledad? ¿Qué palabra te empeñó nunca? Y, de todos modos, ¿qué puedes esperar hoy de ella? ¿La crees tan indigna que por ti se deshonre y deshonre a su marido?

—¡Soledad no tiene marido! ¡Soledad es mía! ¡Soledad me ama! —exclamó Venegas fanáticamente, volviéndose hacia sus interlocutores en ademán de desafío.

—Contéstele usted, señora —dijo don Trinidad a la señá María Josefa.

—Manuel —pronunció la madre, ocultando a su nieto mientras hablaba—. Mi hija te quiso en otro tiempo. No lo negaré yo, ni creas que me sabía mal el que te quisiera. Pero es mujer de bien y, habiéndose casado con otro hombre, nada puedes ni debes esperar de ella.


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