El niño de la bola

El niño de la bola

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—¡Basta! —gritó al fin Manuel con desgarrador acento, abriendo los brazos y tirando la cabeza atrás— ¡Basta, crueles sayones[205], encargados de martirizarme! ¡Dejadme ya! ¡Idos! ¡Salid! ¡Os lo mando; os lo aconsejo; os lo suplico! ¡Dejadme solo si no queréis que con vuestra sangre y la mía se forme un lago en este aposento! ¡Quitadme de delante al hijo del cobarde ladrón que me ha robado la felicidad! Márchese usted, señora. Márchese usted, señor cura. ¡Conozco que ya no soy dueño de mí mismo! ¡Conozco que puedo horrorizar al mundo!

Era tal la voz de Manuel al decir esto, que la señá María Josefa se levantó espantada, con su nieto debajo del brazo, y se deslizó en silencio hasta la puerta, andando hacia atrás y sin quitar la vista de aquel pavoroso semblante, más propio de un tigre que de un hombre.

Hasta don Trinidad tuvo miedo, no por sí, sino por el niño, por la anciana y por el mismo joven, que estaba a punto de morir o de volverse loco, a juzgar por la violenta agitación de su pecho, por la hinchazón de su frente, por el trastorno de su mirada; y, conociendo asimismo que ya no había más palabras que decirle, ni fuerzas en el desgraciado para soportarlas, retiróse también lentamente, mirándolo con profunda piedad y sin recuerdo siquiera del pasado enojo.


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