El niño de la bola

El niño de la bola

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Y, así hablando, ponía el niño a las plantas del joven, con aquella inspirada temeridad que sólo cabe en almas femeniles y en corazones maternales.

—¡Vámonos, señora! ¡Dejemos a este monstruo! —añadía por su parte don Trinidad—. Acudiremos a la justicia. ¡Yo mismo haré que lo aprisionen! ¡Adiós, hijo indigno de don Rodrigo Venegas! ¡Me voy, porque tus faltas de respeto me arrojan de tu casa! ¡Me voy, porque te creo capaz de ponerme la mano encima si yo te castigara como mereces! ¡Adiós! Nuestras relaciones han terminado. ¡Me arrepiento de haberte conocido!

—Manuel, ¡no lo oigas! ¡Óyeme a mí! —proseguía diciendo la madre de Soledad, arrastrándose a los pies del joven, el cual estaba como petrificado, con los cabellos de punta y con los cerrados puños sobre la frente—. ¡No lo creas, Manuel! ¡Don Trinidad te quiere más que a su vida! ¡Es tu segundo padre! Y yo te quiero también; y también te quiere este niño. ¡Mira! ¡Mira cómo te sonríe!





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