El niño de la bola

El niño de la bola

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—¡De miedo! —repuso el joven en son de burla—. ¡Ésa es otra mentira! ¡Soledad no me teme, y hace bien! ¡Soledad me conoce! El miedo lo tiene su cobarde tirano. El miedo lo tiene usted, que no estorbó su casamiento. El miedo lo tiene ése que no debe llamarse hijo de Soledad, supuesto que no es hijo mío. ¡Y los tres hacéis muy bien en temblar! ¡Ah! ¡Mi primera idea es la segura! La muerte de Antonio Arregui lo resuelve todo. ¡Usted se quedará con ese expósito[204], hijo del crimen, y yo me marcharé con mi adorada! ¡Mataré, pues, a Antonio! ¡Lo mataré aunque sea en medio de la iglesia! ¡Lo mataré aunque se oponga el mundo entero!

—¡Cómo se entiende! —prorrumpió al fin don Trinidad, lleno de indignación y de ira—. ¡Eso es ya insultarme en mi propia cara! ¡No te abofeteo ahora mismo porque está delante el Niño Jesús! Pero me marcho. Te desprecio. ¡Te abandono! ¡Buen recibimiento me has hecho en tu casa la primera vez que he venido a ella!

—¡Manuel, te lo pido de rodillas! —decía al mismo tiempo la anciana, postrándose a los pies del hijo de don Rodrigo—. ¡Te lo pide una pobre madre, por la memoria de la que te llevó en sus entrañas! ¡Márchate del pueblo! ¡Ten compasión de este inocente! Y si es que has de dejarlo huérfano, ¡mátalo ahora mismo! ¡Yo te lo entrego! ¡Aquí lo tienes!


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