El niño de la bola

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V

EL ROCÍO DEL ALMA

Acababa el sereno de cantar las doce de la noche, cuando don Trinidad y la señá María Josefa se retiraron de la sala dejando en manos de la famosa imagen del Niño de la Bola la solución de la suprema crisis a que había llegado el espíritu de Manuel Venegas.

Reinó desde entonces en la casa un profundo silencio, interrumpido únicamente por los cautelosos pasos del vigilante cura, que se acercaba de vez en cuando a la rendija de la puerta a observar a Manuel, y por los cuchicheos de las mujeres, acuarteladas en la cocina.

Polonia se encontraba entre ellas, por no haber podido dominar su inquietud y desasosiego quedándose en la otra casa. Dormía el hijo de Soledad en brazos de su abuela, después que Basilia lo hubo amansado con algunos bizcochos. La Volanta, a fuerza de llorar hipócritamente, había conseguido que don Trinidad dejase de mirarla con prevención, y formaba también parte de aquella especie de tertulia de enfermeras, en que tan buenas cosas se estarían diciendo. Y, por último, el arriero de Málaga roncaba en el patio, incómodamente sentado en una dura silla, como lo exigía la gravedad de las circunstancias.

Lo primero que hizo Manuel cuando se quedó solo fue apagar todas las velas que alumbraban al Niño Jesús, con lo que el salón quedó enteramente a oscuras.


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