El niño de la bola
El niño de la bola Esto afligió mucho a don Trinidad, que todavía cifraba algunas esperanzas en la antigua devoción de su pupilo a la preciosa efigie en cuya compañía le había dejado. Pero luego recapacitó que el mismo hecho de apagar las luces podía significar, de parte del joven, una especie de miedo a aquel fantasma de su extinguida fe, y tan juiciosa reflexión no pudo menos de consolarle algo.
Manuel comenzó a pasearse en las tinieblas.
De vez en cuando se paraba, e ininteligibles monosílabos, rugidos sordos o sofocados lamentos salían de sus labios, como si dentro de él mantuviesen empeñada controversia dos seres distintos, el uno más feroz que el otro.