El niño de la bola
El niño de la bola Ahora bien, todas aquellas palabras de cariño, todos aquellos piadosos consejos, todas aquellas solemnes apariciones, todas aquellas tiernas súplicas, todas aquellas dulces lágrimas, todos aquellos paternales enojos, no podÃan menos que haber ablandado el corazón de la fiera. Por eso, sin duda, gemÃa en medio de su rabia, como el león herido; por eso batallaba tanto consigo propio, y por eso, y no por otra cosa, lo dejaba solo don Trinidad Muley, viendo clarÃsimamente que ninguno de sus esfuerzos por vencerlo habÃa sido inútil; que todos estaban obrando en el rebelde espÃritu del joven, y que este espÃritu vacilaba, temÃa, emprendÃa la fuga, tornaba a la pelea, retrocedÃa de nuevo, y podÃa acabar por rendirse de un momento a otro. Pero, ¡ay del bien! ¡Ay de la paz! ¡Ay de la caritativa empresa del digno párroco si el joven no se rendÃa en tan extrema lucha! ¡Entonces no habrÃa ya esperanza de salvación!
Largo tiempo (¡son tan largas las horas de la agonÃa!) duró este combate entre la soberbia y la humildad, entre la ira y la paciencia, entre la pasión y la virtud, entre el amor propio y la abnegación, entre el egoÃsmo y la caridad, entre la bestia y el hombre.
A eso de las dos, Manuel no se paseaba ya, ni rugÃa, ni se quejaba. Solamente lanzaba de tarde en tarde hondos suspiros, que también cesaron al poco tiempo.