El niño de la bola
El niño de la bola Don Trinidad no podía ya distinguir en qué parte de la habitación estaba el joven, ni si se había sentado, ni si por acaso se había dormido. El silencio que reinaba en aquellas tinieblas era absoluto, sepulcral, verdaderamente pavoroso. Parecía como que el enfermo se había muerto.
Pero, ¿no podía ser que sólo hubiese muerto su enfermedad? ¿No podía ser que Manuel Venegas acabase de revivir a la razón, a la justicia, a la dignidad humana, a la vida de la conciencia?
En esta duda, el sacerdote desistió de la idea que tuvo un momento de coger una luz y entrar en la sala.
Pronto se alegró de haber sabido esperar, pues no tardó en advertir una cosa que le pareció simbólica y de mucho alcance, en medio de su vulgarísima sencillez, por cuanto le recordó la ceremonia con que se enciende fuego nuevo[207] en la iglesia la mañana del Sábado de Gloria.
Fue el caso que Manuel dio repentinamente señales de estar vivo y despierto poniéndose a encender luz por medio de eslabón, pedernal, yesca y alcrebite[208], al uso de aquella época.
—Lumen Christi —murmuró don Trinidad, santiguándose.