El niño de la bola
El niño de la bola Obtenido que hubo nueva luz, el joven la aplicó a las velas que antes apagó, con lo que el Niño de Dios tornó a verse profusamente alumbrado, y quedó tan clara como de día toda la espaciosa habitación.
Sentóse entonces nuestro héroe enfrente de la imagen y púsose a contemplarla con honda y pacífica tristeza. La tempestad había pasado, dejando en la ya sosegada fisonomía de aquel hombre de hierro profundas e indelebles señales. Dijérase que había vivido diez años en dos horas; sin ser viejo, ya no era joven; sus facciones habían tomado aquella expresión permanente de ascética melancolía que marca la faz de los desengañados.
Digo más, la triste mirada con que parecía acariciar la efigie del Niño Jesús no tenía tampoco la dulzura del consuelo: era una mirada de tranquilo, incurable dolor, como la que, pasados muchos años de la cruel pérdida y del agudo padecer, posamos en el retrato de un hijo muerto, de los padres que nos dejaron en la orfandad o de un antiguo amor que se llevó consigo las más bellas flores de nuestra alma.
—¡No reza! ¡No llora! —pensó amargamente don Trinidad, formulando a su modo las mismas ideas que acabamos de emitir.
Y se alejó de su acechadero con mucha más inquietud que alegría le causara al principio el ver que el joven contemplaba a su antiguo Patrono.