El niño de la bola
El niño de la bola En el fondo de la sala veíanse algunos de los grandes cofres que había traído de América. Manuel abrió el mayor de ellos y sacó una caja de concha, que puso sobre el velador.
Don Trinidad temió que el joven fuese a suicidarse, y se apercibió a entrar en el aposento.
Pero tranquilizóse en seguida, al observar que lo que en la caja buscaba Manuel no eran pistolas, sino vistosísimas alhajas: collares, pendientes, brazaletes, sortijas, alfileres; un tesoro, en fin, de perlas, brillantes, esmeraldas y otras piedras preciosas.
—¡Son las donas[210] que pensaba ofrecer a Soledad el día que se casase con ella! ¡Son los regalos de boda que le traía el desgraciado! —pensó el sacerdote, lleno de conmiseración.
Manuel fue contemplando una por una aquellas galas póstumas, aquellas joyas sin destino, aquellos emblemas de su infortunio; y, ejecutando luego la idea que, sin duda, le había movido a tan penosa operación, comenzó a ponerle las alhajas a la sagrada efigie de que era mayordomo y a quien, por ende, estaba obligado a agasajar.
Don Trinidad Muley no pudo contener su entusiasmo y su regocijo, y corrió de puntillas a llamar a las ancianas para que contemplasen aquella piadosísima escena.