El niño de la bola

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¡Imagínese, pues, el que leyere, la emoción, los comentarios en voz baja y los dulces lloros que habría al otro lado de la puerta, en tanto que Manuel prendía en las ropas del Niño Jesús, o le colgaba del cuello y de los brazos, los restos del naufragio de tantas amorosas esperanzas! Estas cosas se sienten o no se sienten, pero no se explican.

Baste saber que todos decían con religioso júbilo y abrazándose cariñosamente:

—¡Se ha salvado! ¡Ha resuelto perdonar! ¡Dentro de pocas horas se habrá marchado para siempre! ¡Dios le haga más venturoso que hasta ahora!

Mientras don Trinidad y las tres virtuosas ancianas hablaban así, la pérfida Volanta, que todo lo había visto y oído, se deslizó por la escalera abajo como una sabandija, sin que nadie reparara en ello, y marchóse a la calle, cuidando de no despertar al improvisado conserje.

Ni, ¿cómo habían de advertir aquel suceso los que arriba seguían con el alma las operaciones de Manuel, cuando éste acababa de ejecutar otro acto que ya no dejaba ni asomos de duda acerca de sus nobles y pacíficas intenciones?


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