El niño de la bola

El niño de la bola

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—¿Está ahí el arriero de Málaga? —le preguntó Manuel con la sequedad de quien desea pronta y breve contestación.

—Abajo está —respondió temblando el ama.

—Pues dígale que cargue todo mi equipaje y ensille mi caballo. Son las tres y media. Partiré a las cinco. Que entren por estos cofres. Pero, ¡que no me hable nadie! Ruegue usted a don Trinidad, de parte mía, que tome algo y se acueste. Necesito estar solo.

Y, dicho esto, se salió al balcón que acababa de abrir, donde permaneció, vuelto de espaldas al aposento, mientras que Basilia y Polonia, llorando silenciosamente, sacaban los baúles, y mientras que don Trinidad y la señá María Josefa lloraban también en el próximo corredor y tiraban desde allí besos de agradecimiento a la imagen del Niño Jesús.

Al cabo de una hora comenzó a clarear el día.

Manuel se quitó entonces del balcón, y, cogiendo una silla, sentóse en medio de la ya solitaria estancia, y siguió mirando al cielo, con la resignada perspectiva del héroe condenado a muerte que ve nacer la última luz de su existencia.

Así estuvo mucho tiempo, sumido en un éxtasis de dulce dolor, que iba hermoseando cada vez más su noble rostro. La fiera había llegado a tener cara de hombre. El hombre no tardó en tener cara de ángel. Dijérase que su alma había entrado en coloquio con lo infinito.


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