El niño de la bola
El niño de la bola Ya era enteramente de día. Ya habían dado las cinco, y las cinco y media. Ya estaban listas las cargas y ensillado el caballo. ¡Y nadie se atrevía a decírselo, nadie se atrevía a interrumpir aquel inefable arrobamiento en que el joven parecía gozar anticipadamente la recompensa de su abnegación, el premio de su sacrificio!
Salió, al fin, el sol, y su primer rayo penetró en la sala, bañando de fúlgida luz la plácida figura de Manuel Venegas.
—Soledad —gritó entonces el loro en el balcón, donde lo habían dejado olvidado.
Manuel se estremeció convulsivamente al oír aquel nombre con que el pájaro americano saludaba todos los días, hacía muchos años, la salida del sol, y un mundo de recuerdos y de fallidas esperanzas reapareció ante sus ojos, haciéndole volver del cielo a la tierra, de la eternidad al tiempo, del olvido a la realidad. Pero, falto ya de soberbia para luchar con su enemiga suerte, una mortal congoja oprimió su corazón; un desfallecimiento nunca sentido aniquiló todo su ser; extendió los brazos como quien se ahoga (y aun pareció que efectivamente pedía auxilio), hasta que, por último, estalló en amargos sollozos, seguido de copiosísimo llanto.
Y roto por primera vez en toda su vida el dique de las lágrimas, desbordáronse éstas con tal ímpetu, que pronto bañaban su faz, sus manos y su agitado pecho.