El niño de la bola

El niño de la bola

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Al principio fueron ardiente lava; luego, benéfica sangría y salvador desahogo de su corazón, y, al fin, blando rocío que bajaba del cielo a templar la sed de su alma sin ventura.

Don Trinidad corrió a él y lo envolvió piadosamente en su manteo, diciéndole:

—¡Llora, llora, hijo mío! ¡Llora cuanto quieras! ¡Llora en los brazos de tu padre!

Manuel se colgó del cuello del sacerdote y le llenó la cara de besos, diciéndole entre dulces gemidos:

—¡Perdón! ¡Perdón!

—¡Perdóname tú a mí! —sollozaba don Trinidad.

Y las mujeres lloraban también desatadamente, comenzando a invadir la sala, y el mismo arriero (que había entrado por el foro) se daba puñetazos en la cabeza, diciendo con profunda emoción:

—¡Qué lástima de hombre! ¡Maldita sea la primera mujer!

—¡Padre mío! ¡La adoro! —exclamaba entre tanto Manuel, incomunicado con los espectadores por el manteo de don Trinidad.

—¡Y yo a ti! —le respondió el párroco, besándole reiteradas veces—. ¿Quieres que me vaya contigo?

— ¡No! ¡No! Me iré yo solo.


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