El niño de la bola

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—Pues bien: sé muy bueno; haz muchas limosnas, y verás qué feliz eres. Toma —añadió luego en voz más baja—. Aquí tienes esto. Llévate tu caudal. En todas partes hay pobres.

—No, padre —le respondió Manuel—. Guarde usted eso, y haga lo que le dije. En esos papeles se explica todo.

—Está confesando —interpretaron las mujeres, retirándose al corredor.

—Pero tú vivirás. Tú me escribirás esta vez —murmuró don Trinidad—. ¿No es cierto?

—Sí, señor. ¡Yo viviré cuanto me sea posible! —contestó el joven, enjugándose las lágrimas.

Y, abrazando por última vez al cura, se levantó y dijo:

—¡Vamos!

Entonces se le acercó Polonia, con las puntas del delantal sobre los ojos.

—¡Perdón, Polonia! —exclamó el joven, abrazándola.

—Anda con Dios, hijo mío —respondió la anciana—. ¡Ya estás curado, y puedes ser dichoso! ¡Tu enfermedad consistía en no haber llorado nunca!

—Señor. ¡Buen viaje! —le dijo Basilia, besándole la mano.


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