El niño de la bola

El niño de la bola

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—¡Venga usted también, señá María Josefa! —gritó al mismo tiempo don Trinidad—. Pero no suelte usted al niño. ¡Hoy hay perdón para todos!

—¡Oh! ¡No! —pronunció Manuel, retrocediendo.

—¡Manuel, castígate! —exclamó el sacerdote—. ¡Cuanto más te humilles hoy, más dichoso serás mañana con el recuerdo de este día! ¡Arranca de tu corazón, ahora que están blandas, las raíces de tu soberbia, a fin de que nunca retoñen! ¡No te lleves en la conciencia ningún veneno, hoy que la has lavado con tus lágrimas!

—¡Manuel! —dijo la señá María Josefa—. ¡Yo hubiera sido muy dichosa en llamarme tu madre! ¡Harto lo sabe el señor cura!

Manuel se quitó el reloj y se lo entregó al niño, colgando de su cuello la larga cadena de oro de que pendía, y pronunció estas palabras:

—¡Perdono a tu madre! ¡Dios te haga más feliz que a Manuel Venegas!

Y volvió la espalda y se apartó algunos pasos, como mandando irse a la madre y al hijo de Soledad.

La pobre abuela se alejó hecha un mar de lágrimas, mientras que el niño iba dando besos al reloj y sonriendo como un ángel.


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