El niño de la bola
El niño de la bola Ocurrió entonces un incidente en que repararon muy pocos. La célebre Volanta trató de acercarse a Manuel Venegas por el lado opuesto al que iba don Trinidad, y aun se vio en sus manos un papel, que pudo suponerse una petición de limosna. Pero el sacerdote, que lo observó, pasóse con rapidez a aquel lado, y miró y habló a la indigna vieja con tal furia, que la hizo huir y esconderse entre la apiñada muchedumbre.
Manuel no advirtió nada, sino que prosiguió su marcha triunfal, mudo, inmóvil, indiferente, clavado en el caballo, como el cadáver del Cid, y ganando, como él, aquella batalla póstuma a que no asistía su espíritu.
De este modo pasaba ya por delante de la puerta de la botica, no sin profundo dolor de Vitriolo, que iba a encerrarse en ella con su derrota, cuando se notó gran agitación al otro lado de la Plaza, y viose que Antonio Arregui, lívido de furor, corría primero hacia la casa en que Venegas había vivido, y luego en seguimiento de él, indicado que le hubo alguna persona de mal corazón que aquel jinete era el enemigo a quien buscaba.
Pero don Trinidad estaba en todo; y abandonando a Manuel, voló al encuentro del indignado Arregui, al cual —justo es decirlo— detenían aquella vez otras muchas personas bien intencionadas, de cuyas manos iba desasiéndose a duras penas.