El niño de la bola
El niño de la bola Desde aquel instante, la batalla estaba completamente perdida para Vitriolo. Todo el público era de nuestro amigo el cura, aplaudía su obra, respiraba la grata atmósfera del bien, daba su sanción a la pacífica retirada de Manuel Venegas.
Y tal fue el momento en que el infortunado amante de Soledad apareció a caballo en la puerta de la que tan pocas horas había sido su casa.
Un murmullo de honda conmiseración lanzó la apiñada muchedumbre.
Manuel avanzaba rígido, cárdeno, silencioso mirando al cielo, por no mirar al mundo, y acompañado de don Trinidad Muley, quien marchaba a pie a su derecha, y le dirigía de vez en cuando alguna palabra consoladora.
Era, exactísimamente, el luctuoso cuadro de un reo marchando al patíbulo.
El gentío empezó a saludarlo con cierta cortedad, según que iba pasando por delante de cada grupo; pero al cabo de unos momentos se descubrieron todos de golpe, como cuando se está en presencia de un rey.