El niño de la bola

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No creáis, sin embargo, que la indicada catástrofe contradijo en el fondo, ya que sí en apariencia, el saludable concepto final que, a nuestro juicio, se desprende de lo que llevamos narrado hasta ahora. Antes bien, le sirvió de comprobación inmediata, demostrando cuán en lo cierto estuvo don Trinidad Muley al decir a Manuel Venegas, luego que se enteró de que había perdido la fe religiosa (cuya restauración por el sentimiento apenas se había iniciado después de su pobre alma): «¡Ya serás del último que llegue!». Esto es: ya no tendrá para ti más autoridad el bien que el mal; ya no servirá de límite a tu soberbio albedrío el angosto cauce de la obediencia; ya caerás en todos los abismos que te atraigan[215].

Pero dejémonos nosotros de estas filosofías o teologías, cuyo esclarecimiento no nos incumbe, y, reduciéndonos al humilde oficio de narradores de hechos consumados, volvamos a aquella Plaza de la ciudad moruna, de donde acaba de salir para su voluntario destierro nuestro inculto y apasionado protagonista.

Poquísima gente quedaba ya en ella. Antonio Arregui, cuya austeridad de carácter conocemos, no había tardado en alejarse de aquel sitio, rehuyendo conversaciones ociosas o dañinas.


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