El niño de la bola
El niño de la bola »No puedo ni debo callar más. No quiero que te ausentes maldiciendo mi nombre, ni que me recuerdes con odio el resto de tu vida, cuando Dios sabe que no merezco tu maldición ni tu aborrecimiento, sino que me tengas tanta lástima como yo a ti.
»Ayer tarde en la ermita y esta noche en tu casa te habrá suplicado mucho mi madre que te alejes de mí para siempre y que me olvides; y aun puede ser que haya tomado mi nombre al rogártelo. Mi mejor gusto habría sido que no te aconsejara tal viaje. Pero ¿cómo decir a mi madre lo que te voy a decir a ti?
»Por eso me he resuelto a escribirte esta carta, que no debes dudar es de mi puño y letra, pues ya ves que te incluyo, como señal, un objeto para ti muy conocido y que sólo yo podía poseer, cual es un retrato de tu padre, que encontramos en uno de los muebles de su pertenencia, y que de todos modos tenía pensado devolverte, con cuanto fue tuyo, inclusas las fincas. Así lo habían resuelto mi conciencia y mi voluntad desde que en mis primeros años supe de ciertas cuestiones de dinero.