El niño de la bola
El niño de la bola »Manuel: no extrañes nada de lo que te llevo dicho ni de lo que me resta que decirte. No extrañes tampoco que te hable de tú. También me tuteaste tú a mí la única vez que me has dirigido la palabra. Y, además, ¿para qué seguir ocultándolo? ¿Para qué mentir o callar, cuando mis ojos me han vendido siempre, como mis lágrimas me vendieron esta tarde? ¡Mi corazón es tuyo, Manuel! Mi corazón es tuyo desde que, a la edad de ocho años, me acostaron en el lujoso catre en que tú habías dormido tanto tiempo y de que acababas de ser despojado. Yo pasé muchas noches en vela, pensando en que tú, huérfano y pobre, estarías maldiciéndome y despreciándome a aquella misma hora, recogido por caridad en un lecho ajeno. ¡Sí, Manuel mío! Desde entonces es tuyo mi corazón; es decir, desde antes de conocerte, desde que supe que existías y me contaron tus desgracias. Después te vi, ¡y nada tengo que decirte que no te revelaran primero los ojos de la niña y luego los ojos de la mujer!