El niño de la bola
El niño de la bola »¿Es culpa mía que tu ausencia haya durado ocho años? ¿Sabes tú lo que yo he padecido durante ellos? ¿No conocías el alma de hierro de mi padre? ¿Ignoras que me vi encerrada en un convento, y que ya vestía el hábito de novicia cuando accedí a casarme, no sé con quién, con cualquiera, con el primero que me pretendió, a fin de evitar que, a tu vuelta, me encontraras separada de ti por los muros de un claustro, que ni tan siquiera nos habrían permitido vernos, como nos veíamos antes de tu viaje?
»Pero, aunque el infortunio me haya obligado a casarme con otro hombre, ¿no me conoces, Manuel? ¿Has dejado de leer en mi corazón con tanta claridad como cuando decías a todo el mundo: Yo sé que me quiere; yo sé que es mía? Y si me conoces, ¿por qué te marchas? ¿Por qué te marchas desdeñándome, aborreciéndome, sin dignarte lidiar contra la nueva desdicha que nos separa en apariencia, y dejándome reducida a vivir y morir con este hombre que no conozco, que no me conoce, y que no quiero ni podré llegar a querer nunca? ¿Por qué me castigas tan duramente, entregándome al ludibrio de un pueblo que siempre me había coronado con la diadema de tu amor?