El niño de la bola

El niño de la bola

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—¡Toma, toma, hijo mío! —exclamó Vitriolo con siniestro júbilo—. La gloria de la filosofía y mi apetecida venganza están en tus manos. Yo creo que lograrás dar alcance a nuestro héroe en alguna de las primeras ventas. El insensato lleva tres días sin comer ni dormir, y sus fuerzas no pueden menos de tener límite, como todas. Además, el maletín de la montura (atestado de oro, según me ha dicho la Volanta) impedirá a su caballo correr mucho. Cuando lo encuentres, le dices que estás empleado en la fábrica de Antonio Arregui, y que su señora te ha confiado esa carta con el mayor secreto. En seguida le contarás, como de tu cosecha, que Arregui fue ayer a desafiarlo a Santa Luparia, y que por eso corría tanto la procesión y lo encerraron a él en la sacristía; le dirás asimismo que esta mañana venía también Antonio a provocarlo, y que, a ruegos de don Trinidad, desistió de ello; le dirás, por último, que Soledad y su marido van esta tarde a la rifa, y que el orgulloso fabricante se ha ufanado hoy, en calles y plazas, de haber hecho huir al temido Niño de la Bola. ¡Ah! Se me olvidaba lo principal. Procurarás hacerle creer que don Trinidad cuenta hoy que el Niño Jesús dirigió anoche la palabra al indiano, para ordenarle que se marchase del pueblo y le dejase todas sus joyas al cura, con autorización de disponer de ellas a su antojo. En fin: inventa, discurre, miente. ¡Todo es lícito cuando se trata de salvar la sociedad!


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