El niño de la bola
El niño de la bola —Descuida, maestro, descuida. Sé lo que tengo que decir —respondió Filemón, dándole la mano—. Hasta la tarde, si es que alcanzo hoy a Manuel Venegas. Y si no le alcanzo hoy, ¡iré en su busca al fin del mundo!
—¡Eres todo un hombre! ¡Cuando yo falte, tú heredarás mi magisterio! —exclamó Vitriolo, acompañándole hasta la puerta de la botica y abrazándole paternalmente.
Y luego que lo vio desaparecer, añadió con acento lúgubre:
—¡Soledad! No dirás que te olvido. Tú echaste mi carta a un perro para que la comiera. ¡Yo he echado la tuya a un tigre furioso! ¡Estamos en paz, alma de mi alma!