El niño de la bola
El niño de la bola Tampoco había vuelto Manuel a hablar desde que vio llegar en la agonía a su buen padre; ni respondió luego a las cariñosas preguntas que le hizo don Trinidad cuando se lo llevó a su casa; ni se le oyó más el metal de la voz en el transcurso de los tres primeros años que vivió en su santa compañía; y ya pensaban todos que se había quedado mudo para siempre, cuando un día que se hallaba, como de costumbre, en la iglesia de que era cura su protector, observó el sacristán que, encarándose con una linda efigie del Niño de la Bola que allí se veneraba, le decía melancólicamente:
—Niño Jesús, ¿por qué no hablas tú tampoco?
Manuel se había salvado. El náufrago acababa de sacar la cabeza de entre las olas de su amargura. ¡Ya no corría peligro su vida! A lo menos, así se creyó en toda la parroquia.
Desde aquel día el huérfano habló ya algunas palabras, muy pocas en verdad, con el cura y con el ama de gobierno, para significarles gratitud, amor y obediencia, pero ninguna referente a sus inolvidables infortunios; todo lo cual consideraron de buen agüero don Trinidad Muley, los sacristanes y los monaguillos.