El niño de la bola
El niño de la bola EL ACREEDOR DEL USURERO
El pobre niño se había quedado como si fuese de hielo, por resultas de aquellos repentinos y bárbaros golpes de la suerte, contrayendo una palidez mortal, que le duró ya toda la vida. Nadie había hecho caso del infeliz en el primer momento de angustia, ni reparado en que no gemía, hablaba ni lloraba; y, cuando al cabo acudieron a él, lo hallaron contraído y yerto como una petrificación del dolor, aunque andaba, oía, veía y daba continuos besos a su llagado y moribundo padre. ¡No había, pues, derramado ni una sola lágrima durante la agonía de aquel ser tan querido, ni al besar su frío rostro, después que hubo muerto, ni al ver cómo se lo llevaban para siempre, ni al abandonar la casa en que había nacido, ni al hallarse albergado por caridad en la ajena! Algunas personas elogiaron su valor, otras criticaron su insensibilidad; las madres de familia lo compadecieron profundamente, adivinando por instinto la cruel tragedia que había quedado encerrada en el corazón del huérfano, por falta de un ser tierno y piadoso que le hiciese llorar, llorando a su lado.