El niño de la bola

El niño de la bola

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Tal fue la costumbre que tomó de ir a sentarse, todas las tardes a la misma hora, en un poyo que había a la puerta de no sé qué casa, frente por frente del antiguo palacio de los Venegas, donde seguía habitando el usurero don Elías. Allí se estaba solo y quieto, desde las dos, que acababa de comer, hasta que se hacía de noche, con los ojos clavados en los grandes balcones del edificio o en el escudo de armas que campeaba sobre la puerta, sin que fuesen parte a distraer su atención los curiosos que pasaban por aquel solitario barrio con el mero objeto de verle hacer tan significativa centinela, ni osaran parecer por allí los chicos de su edad, ya castigados por sus puños de hierro, ni hubiesen bastado los ruegos del prudentísimo don Trinidad Muley a hacerle desistir de aquella peligrosa manía.

Los balcones del famoso caserón estaban siempre cerrados con maderas y todo, menos uno, que tenía sobre los cristales cortinillas blancas. ¡Era el de la habitación que fue despacho de su padre! Pero las cortinillas no se meneaban nunca, ni se veía nada al través de ellas.

Tampoco entraba ni salía alma viviente a aquellas horas por el enorme portón, cerrado también, como si allí no viviera nadie, o como si detrás de él no hubiese un portal con otra puerta, y en esta puerta su correspondiente aldaba.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker