El niño de la bola
El niño de la bola Al fin, una tarde vio Manuel salir del palacio, y regresar a él al poco tiempo, a un viejecillo pobremente equipado, a quien recordaba haber hallado años atrás en el despacho de su padre contando grandes montones de dinero. Sin duda, era el criado y cobrador de don Elías.
El vejete debió conocer también al niño, o tener noticias de su persona, pues dio un largo rodeo a la ida y otro a la vuelta para no pasar cerca de él; lo miró de reojo con cierta especie de pavor, y volvió muchas veces la cabeza, como para cerciorarse de que no le seguía, ni más ni menos que hacen los supersticiosos con las que se les figuran almas del otro mundo.
A la tarde siguiente observó el huérfano que detrás de las mencionadas cortinillas se movía una sombra, y luego vio descorrerse un poco la muselina de una de ellas y pegarse al cristal la severa cara de otro viejo a quien no conocía, y el cual fijaba en él dos ojos como dos puñales.
—¡Ese es mi verdugo! —dijo Manuel, dando un salto de fiera y avanzando hacia aquella parte del edificio.
Pero la cortinilla se corrió de nuevo, y desapareció la visión.