El niño de la bola

El niño de la bola

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El niño volvió a su asiento, cesando su furia tan bruscamente como había estallado. Todo en él tenía este carácter de prontitud y fuerza, propio de los leones: lo mismo la cólera que el reposo; así el dolor como el consuelo; así la arremetida como el perdón, según que veremos más adelante.

Mucho debió de perturbar el régimen doméstico, y acaso también la conciencia del riojano, la especie de sitio que le había puesto aquel diminuto acreedor, que parecía ir allí en demanda de su hacienda, del hogar en que había nacido, de la vida de su padre y del escudo de armas de sus mayores, y mucho debió de asustar a las mujeres de la casa el verle sentado en aquel poyo horas y horas, como un pleito mudo, como una acusación viva, o como una protesta perenne, anuncio de inevitables venganzas. Ello es que, a las dos o tres tardes de haberse cruzado la primera mirada de odio eterno entre el usurero y su víctima, salió del vetusto caserón una mujer como de cincuenta años de edad, hermosa todavía, aunque muy estropeada y enjuta; de aspecto poco señoril, pero digno, y vestida más bien como una rica labriega que como una dama. Era la señá María Josefa, la antigua criada y actual esposa del prestamista.



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