El niño de la bola
El niño de la bola Manuel lo adivinó, aunque tampoco la había visto nunca, y, no sabemos si por delicadeza de instinto o porque en los tres últimos años hubiera oído hablar de las buenas cualidades de aquella pobre mujer, no sintió aversión ni disgusto al verla.
Pero cuando observó que la esposa de don Elías, después de asegurarse de que no había testigos en la calle ni en ninguna ventana, se le acercaba resueltamente y se sentaba a su lado, experimentó una angustia indecible, y se levantó para marcharse.
La mujer le detuvo y le dijo:
—No te vayas, Manuel. Yo no te quiero mal. Yo vengo de buenas. Dime, hijo mío: ¿qué buscas aquí? ¿Necesitas algo? ¿Por qué vistes esa ropa, impropia de tu clase? ¿Quieres que yo te dé dinero?
El niño vestía de chaqueta, porque así lo había deseado; pues hay que advertir que, cuando se le quedaron chicos los trajes señoriles que sacó de su casa y don Trinidad quiso hacerle otros del mismo estilo, se opuso a ello con gran energía, diciéndole: No, señor cura: yo no puedo costear ropa de caballero. Vístame usted, de pobre. Abstúvose, sin embargo, de dar aquella explicación, ni ninguna otra, a la señá María Josefa; y, en lugar de responderle, o de volver a sentarse, púsose a escribir en el suelo con la punta del pie y a mirar atentamente las letras que escribía.
La mujer continuó, después de una pausa: