El niño de la bola
El niño de la bola —No es esto decir que la chaqueta te siente mal. Tú estás bien de todas maneras, pues eres un muchacho muy guapo, con dos ojos como dos soles, y además, el señor cura (Dios se lo pague) te tiene muy aseado y decente. Pero yo quisiera hacer algo más por ti, comprarte muchas cosas, costearte una carrera en la capital. En fin, aunque yo he hablado ya con don Trinidad, y él cree que estos negocios debemos arreglarlos tú y yo, dÃselo de mi parte, para que te convenzas de que no te engaño; y si te decides a ser mi amigo, verás cómo todos lo pasamos mejor. ¿No me respondes, Manuel? ¿En qué piensas?
El niño tampoco contestó a este discurso, y siguió escribiendo con el pie en el suelo, donde ya podÃa leerse el nombre de su padre: RODRIGO.
—¿Qué escribes ahÃ? —preguntó, después de otra pausa, la esposa de don ElÃas—. Yo no sé leer; pero me he enterado con mucho gusto de que al fin recobraste el habla. Respóndeme, pues. ¡Cuando tú vienes aquà todas las tardes, algo quieres! DÃmelo con franqueza. O, si no, toma, y es mejor. Tú gastarás esto en lo que necesites…