El niño de la bola

El niño de la bola

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Éste la miraba de hito en hito, sin pestañear, con la extrañeza y valentía, pero también con la mansedumbre del león que, harto del sangriento diario festín, viese pasar delante de su cueva una atribulada gacelilla. Muchas más cosas había en los ojos y en el corazón de Manuel, aunque su conciencia no pudiese reflejarlas aún por entero: había admiración, producida por la peregrina belleza de aquella inocente; había orgullo, al recordar que debía a tan gentil y a la sazón reservada criatura espontáneas defensas, lisonjeros elogios y la más dulce compasión; había remordimiento y pena de que por su causa hubiese dejado de reír y hablar; había no sé qué especie de ternura, nacida de este mismo generoso dolor; había, en resumen, ansia de parecerle menos hostil, a la par que celos y envidia de las personas que no estuviesen incapacitadas, como él, para gozar de su alegría y de su confianza. Es decir, que, por un milagro de precocidad de que se han dado célebres ejemplos (entre otros, el de lord Byron, llorando de amor, a la edad de diez años, por la hija de un enemigo de su familia), reveláronse en los ojos y en el corazón del huérfano, desde el punto y hora en que vio por primera vez a la hija del verdugo de su casa, los poderosos gérmenes de aquel amor fatal e inevitable, transformación aciaga de paternos odios, que tantos poemas ha creado; del amor de Romeo a Julieta y de Edgardo a Lucía[90]; amor necesario y terrible, que arraiga tenazmente en la roca de la imposibilidad, por lo mismo que está destinado a combatir con los huracanes de un hado siempre adverso.


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