El niño de la bola

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Un vuelco le dio el corazón al avisado huérfano, cuyo instinto de cazador y antigua costumbre de regirse en la Sierra por indicios y conjeturas le advirtieron que iba a presentarse ante sus ojos la hija de Caifás.

Así fue, en efecto: pocos instantes después salió del colegio el asustadizo cobrador, llevando de la mano a una elegantísima niña, cuyo gallardo andar y vivos y graciosos movimientos, acompañados de alegres risas y del timbre argentino de una voz de ángel, dejaron desde luego absorto al hijo de Venegas.

—¿Por qué razón —pareció preguntarse el mísero— no está triste esa niña cuando yo lo estoy?

La niña calló repentinamente, sin duda por haberle advertido el criado que estaba allí Manuel, o por haberle ella visto en aquel instante. Reinó, pues, en la plaza un profundo silencio, que el huérfano comparó con el de la muerte, y Soledad siguió avanzando, sin reír, sin hablar y con un aire de gravedad y compostura que infundió mayor pena al que lo motivaba.

Observó luego el adusto niño (y esto le alegró el corazón) que la hija de Caifás lo miraba furtivamente, y que se había entablado cierta sorda lucha entre el viejo, que la tiraba de la mano, tratando de acercarla lo más posible a la acera del palacio, y ella, que pugnaba por aproximarse gradualmente a la otra banda, a fin de pasar muy cerca del misterioso personaje.


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