El niño de la bola

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VI

SOLEDAD

A los dos días de la anterior escena, Manuel cambió las horas de su cotidiana visita a la plazuela de los Venegas, y, en vez de por la tarde, la hizo por la mañana, constituyéndose allí a las nueve, o sea al terminar el servicio ordinario de la parroquia.

¿Por qué este cambio? ¿Presumió el niño que a tales horas habría más entrantes y salientes en casa de Caifás, y mayor materia, por tanto, para sus observaciones? ¿O tuvo noticia terminante y cierta de que así le sería fácil conocer a aquella niña de que le había hablado la mujer del usurero, a aquella defensora de doce años que tanto le compadecía, a aquella Soledad inolvidable que le había calificado de hermoso?

Lo ignoramos completamente. Pero el caso fue que la mañana en que hizo tal novedad vio Manuel entrar y salir varias veces al criado y cobrador del prestamista, ora solo, ora acompañado de escribanos y de otras personas más o menos notables de la ciudad, y que cerca de las doce volvió a salir del caserón el mismo sirviente, el cual, después de muchos rodeos y vacilaciones, penetró en un Colegio de niñas, situado al extremo opuesto de aquella prolongada plaza, como a cien pasos de la puerta del palacio y del paraje fronterizo en que el sitiador tenía plantados sus reales.


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