El niño de la bola

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—Va a cumplir doce —respondió la madre con incomparable dulzura.

Manuel volvió aparentemente a su distracción; pero escribió con el pie en la tierra: SOLEDAD.

—Supongo que ya te habrás convencido de que puedes tomar esta friolera[89] —añadió la buena mujer, alargándole el dinero.

Manuel retrocedió un paso, y dijo con frialdad y tristeza:

—Señora, ¡bastante hemos hablado!

Y, girando sobre los talones, se alejó lentamente, desapareciendo detrás de una esquina.

La esposa del usurero dejó caer sobre la falda la mano en que tenía aquel oro inútil, y se quedó muy pensativa. Luego se levantó, dando un gran suspiro, y penetró en la que no sabemos si se atrevería a llamar su casa. En cuanto al niño, no habrían transcurrido cinco minutos, cuando ya estaba otra vez sentado en el poyo, con los ojos fijos en los balcones del usurero.


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