El niño de la bola

El niño de la bola

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—Caminas derechamente a tu perdición. Ya te lo anuncié cuando me opuse a que fueras a sentarte en aquel maldito poyo; pero no quisiste hacerme caso, y el resultado lo estás viendo. ¡Temprano empiezan a gustarte las amigas de la serpiente! Sin embargo, yo no te lo criticaría (pues no todos han de seguir mi ejemplo, en cuyo caso se acabaría el mundo); no te lo criticaría, digo, si no se tratara de la hija del que tan cruel fue con tu padre. Pero se trata de ella, y comprendo que los escrúpulos de haberte complacido en mirarla te hayan quitado el sueño y la salud, como a todos los que están en pecado mortal. Por consiguiente, ¡en nombre de don Rodrigo Venegas (que en paz descanse), y hasta en nombre de Dios, te conjuro a que no vuelvas a acercarte a aquel barrio, si no quieres perder mi cariño, la estimación de las gentes y, por de contado, tu propia alma!

Algo muy semejante había dicho ya su corazón a Manuel, y, vista la resuelta actitud, acompañada de cariñoso llanto, de su amadísimo protector, dio palabra formal y solemne de abstenerse de ir a la plaza de los Venegas, mientras que don Trinidad no dispusiera otra cosa.

Pasaron, pues, nada menos que tres años sin que Manuel volviese a ver a Soledad.


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