El niño de la bola

El niño de la bola

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Durante ellos, aquel singularísimo niño vivió primero encerrado casi continuamente en la iglesia de Santa María, más entregado que nunca a su antigua amistad con la efigie del Niño de la Bola, a la cual hacía muchos regalos, daba frecuentes besos y hasta solía hablar al oído, como si le confiara sus penas. ¡Lo que no hacía, ni aun en los momentos de mayor efusión, era llorar! El don del llanto había sido negado a aquella desgraciada criatura.

Llegado de este modo a los catorce años, y cuando el vigilante don Trinidad, que nada le preguntaba, lo creía ya olvidado de su pasión pueril, Manuel cambió súbitamente de vida, y comenzó a emprender largas excursiones a la Sierra. En ella estaba algunas veces ocho días seguidos, y desde luego llamó la atención que, no conociendo allí a nadie, ni acercándose jamás adonde hubiera gente, no llevase nunca provisiones ni armas.

—Muchacho —le dijo un día el clérigo—, ¿cómo te las compones para comer?

—Señor cura —contestó el niño—, ¡en la Sierra hay de todo!

—¡Sí! Ya sé que hay frutas bordes[93] y legumbres salvajes, y mucha caza mayor y menor. Pero ¿cómo cazas sin escopeta?


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