El niño de la bola

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—¡Con esto! —respondió Manuel, mostrándole una honda de cáñamo que llevaba liada a la cintura—. ¡Y con ramas de árbol! ¡Y a brazo partido, y a bocados, si es menester!

—¡El demonio eres, muchacho! —concluyó diciendo el cura, a quien, en medio de todo, le gustaba más la vida montaraz que la civilizada, y que tampoco tenía nada de cobarde.

Siguió, pues, respetando aquella nueva manía de su pupilo, y hasta justificando que el pobre huérfano buscase una madre en la soledad y una aliada en la Naturaleza, como había buscado un hermano en el Niño Jesús.

—¿Qué le hemos de hacer? —solía decir a su ama de llaves—. Si en esa vida de perros no aprende cosas buenas, tampoco aprenderá cosas malas; y si nunca llega a saber latín, le enseñaremos un oficio, y en paz. San José fue maestro carpintero. ¿Qué digo? ¡Ni tan siquiera consta que fuese maestro!

—Ese niño está loco —contestaba siempre Polonia.



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