El niño de la bola
El niño de la bola Las correrías de Manuel iban haciéndose interminables, y de ellas regresaba cada vez más taciturno y melancólico, siendo cosa que ya daba espanto verlo llegar, después de meses enteros de ausencia, curtido por el sol o por la lluvia, deshechos pies y manos de trepar por inaccesibles riscos, desgarradas a veces sus carnes por los dientes y las uñas del lobo, del jabalí y de otras fieras y siempre vestido con pieles de sus adversarios, única gala del pequeño Nemrod[94] después de tan desiguales luchas.
Pero, ¡ay!, ¿qué valían todos estos destrozos en comparación de los que un tenaz sentimiento, impropio de su edad, o una nueva locura, según Polonia, hacía en el alma enferma de aquel desgraciado? ¿Qué importaban tales fatigas a quien precisamente buscaba en ellas remedio o lenitivo a más íntimas y mortales inquietudes?