El niño de la bola

El niño de la bola

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Porque ya hay que decirlo: con quien verdaderamente luchaba el huérfano en aquellos parajes selváticos, sin conseguir el deseado triunfo, era con su involuntario e indestructible cariño a Soledad, como también había luchado con él inútilmente en la iglesia de Santa María bajo la protección del Niño de la Bola. Pasaba ya el mozo de los quince años; era de sangre árabe, y en su fogosa y pertinaz imaginación resplandecía más fulgente y hechicera que nunca la imagen de la niña vedada, del bien prohibido, de la felicidad imposible, mientras que su escrupulosa conciencia sentía cada vez mayor repugnancia a aquel afecto criminal, infame, sacrílego (él lo calificaba entonces así), que había venido a frustrar tantos y tantos planes de reparación y de justicia, amasados lentamente por el huérfano en tres años de meditación y de mudez. Figurábase que su padre maldeciría desde el cielo aquel amor inventado por el demonio para dejar inultas[95] la ruina y la muerte del mejor de los caballeros, y hacía esfuerzos inauditos para arrancarse del alma el nombre de Soledad, por no ver la cariñosa luz de sus ojos, por no envidiar el regalo de su sonrisa, por matar, en fin, aquel insensato deseo de ser amigo suyo, de serlo siempre, de serlo más que nadie, que precisamente había nacido en su soberbio corazón de la misma imposibilidad de lograrlo.



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