El Sombrero de tres picos
El Sombrero de tres picos —¡Garduña! ¡Garduña! —iba gritando la navarra, conforme se acercaba a aquel sitio.
—¡Presente! —respondió al cabo el alguacil, apareciendo detrás de un seto—. ¿Es usted, señá Frasquita?
—SÃ, soy yo. ¡Ve al molino, y socorre a tu amo, que se está muriendo!…
—¿Qué dice usted? ¡Vaya un maula!
—Lo que oyes, Garduña.
—¿Y usted, alma mÃa? ¿Adónde va a estas horas?
—¿Yo?… ¡Quita allá, badulaque! ¡Yo voy… a la ciudad por un médico! —contestó la señá Frasquita, arreando la burra con un talonazo y a Garduña con un puntapié.
Y tomó…, no el camino de la ciudad, como acababa de decir, sino el del lugar inmediato.
Garduña no reparó en esta última circunstancia pues iba ya dando zancajadas hacia el molino y discurriendo al par de esta manera:
—¡Va por un médico!… ¡La infeliz no puede hacer más! ¡Pero él es un pobre hombre! ¡Famosa ocasión de ponerse malo!… ¡Dios le da confites a quien no puede roerlos!