El Sombrero de tres picos

El Sombrero de tres picos

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El corregidor no contestó a este discurso. Habíase puesto lívido, casi azul, tenía los ojos torcidos, y un temblor como de terciana agitaba todo su cuerpo. Por último, principió a castañetear los dientes, y cayó al suelo, presa de una convulsión espantosa.

El susto del caz, lo muy mojadas que seguían todas sus ropas, la violenta escena del dormitorio, y el miedo al trabuco con que le apuntaba la navarra, habían agotado las fuerzas del enfermizo anciano.

—¡Me muero! —balbuceó—. ¡Llama a Garduña!… Llama a Garduña, que estará ahí… en la ramblilla… ¡Yo no debo morirme en esta casa!…

No pudo continuar. Cerró los ojos, y se quedó como muerto.

—¡Y se morirá como lo dice! —prorrumpió la señá Frasquita—. Pues, señor, ¡esta es la más negra! ¿Qué hago yo ahora con este hombre en mi casa? ¿Qué dirían de mí, si se muriese? ¿Qué diría Lucas?… ¿Cómo podría justificarme, cuando yo misma le he abierto la puerta? ¡Oh! no… Yo no debo quedarme aquí con él. ¡Yo debo buscar a mi marido, yo debo escandalizar el mundo antes de comprometer mi honra!

Tomada esta resolución, soltó el trabuco, fuese al corral, cogió la burra que quedaba en él, la aparejó de cualquier modo, abrió la puerta grande de la cerca, montó de un salto, a pesar de sus carnes, y se dirigió a la ramblilla.


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