El Sombrero de tres picos
El Sombrero de tres picos El corregidor cogió la luz, y salió detrás de la molinera, temiendo que se escapara, pero tuvo que bajar mucho más despacio, de cuyas resultas, cuando llegó a la cocina, tropezó con la navarra, que volvía ya en su busca.
—¿Conque decía usted que me iba a pegar un tiro? —exclamó aquella indomable mujer dando un paso atrás—. Pues, ¡en guardia, caballero, que yo ya lo estoy!
Dijo, y se echó a la cara el formidable trabuco que tanto papel representa en esta historia.
—¡Deténte, desgraciada! ¿Qué vas a hacer? —gritó el corregidor, muerto de susto—. Lo de mi tiro era una broma… Mira… Los cachorrillos están descargados. En cambio, es verdad lo del nombramiento… Aquí lo tienes… Tómalo… Te lo regalo… Tuyo es… de balde, enteramente de balde…
Y lo colocó temblando sobre la mesa.
—¡Ahí está bien! —repuso la navarra—. Mañana me servirá para encender la lumbre, cuando le guise el almuerzo a mi marido. ¡De usted no quiero ya ni la gloria, y si mi sobrino viniese alguna vez de Estella sería para pisotearle a usted la fea mano con que ha escrito su nombre en ese papel indecente! ¡Ea, lo dicho! ¡Márchese usted de mi casa! ¡Aire!, ¡aire!, ¡pronto!… ¡que ya se me sube la pólvora a la cabeza!