El Sombrero de tres picos
El Sombrero de tres picos —¡No harás nada de eso! —repuso el corregidor, perdiendo la paciencia, o mudando de táctica—. No harás nada de eso porque yo te pegaré un tiro si veo que no entiendes de razones…
—¡Un tiro! —exclamó la señá Frasquita con voz sorda.
—Un tiro, sÃ… Y de ello no me resultará perjuicio alguno. Casualmente he dejado dicho en la ciudad que salÃa esta noche a caza de criminales… ¡Conque no seas necia… y quiéreme… como yo te adoro!
—Señor corregidor, ¿un tiro? —volvió a decir la navarra, echando los brazos atrás y el cuerpo hacia adelante, como para lanzarse sobre su adversario.
—Si te empeñas, te lo pegaré, y asà me veré libre de tus amenazas y de tu hermosura… —respondió el corregidor, lleno de miedo y sacando un par de cachorrillos.
—¿Conque pistolas también? ¡Y en la otra faltriquera el nombramiento de mi sobrino! —dijo la señá Frasquita, moviendo la cabeza de arriba abajo—. Pues, señor, la elección no es dudosa. Espere UsÃa un momento, que voy a encender la lumbre.
Y, asà hablando, se dirigió rápidamente a la escalera, y la bajó en tres brincos.