El Sombrero de tres picos
El Sombrero de tres picos Así dijo el alguacil, y, en un periquete, cogió la luz con una mano, y con la otra se metió al corregidor debajo del brazo: subiólo al dormitorio, púsolo en cueros, acostólo en la cama, corrió al jaraíz, reunió un brazado de leña, fue a la cocina, hizo una gran lumbre, bajó todas las ropas de su amo, colocólas en los espaldares de dos o tres sillas, encendió un candil, lo colgó de la espetera, y tornó a subir a la cámara.
—¿Qué tal vamos? —preguntóle entonces a D. Eugenio, levantando en alto el velón para verle mejor el rostro.
—¡Admirablemente! ¡Conozco que voy a sudar! ¡Mañana te ahorco, Garduña!
—¿Por qué, señor?
—¿Y te atreves a preguntármelo? ¿Crees tú que, al seguir el plan que me trazaste, esperaba yo acostarme solo en esta cama, después de recibir por segunda vez el sacramento del bautismo? ¡Mañana mismo te ahorco!
—Pero cuénteme Usía algo… ¿La señá Frasquita?…
—La señá Frasquita ha querido asesinarme. ¡Es todo lo que he logrado con tus consejos! Te digo que te ahorco mañana por la mañana.
—¡Algo menos será, señor corregidor! —repuso el alguacil.