El Sombrero de tres picos
El Sombrero de tres picos —¿Por qué lo dices, insolente? ¿Porque me ves aquí postrado?
—No, señor. Lo digo, porque la señá Frasquita no ha debido de mostrarse tan inhumana como Usía cuenta, cuando ha ido a la ciudad a buscarle un médico…
—¡Dios santo! ¿Estás seguro de que ha ido a la ciudad? —exclamó D. Eugenio más aterrado que nunca.
—A lo menos, eso me ha dicho ella…
—¡Corre, corre, Garduña! ¡Ah, estoy perdido sin remedio! ¿Sabes a qué va la señá Frasquita a la ciudad? ¡A contárselo todo a mi mujer!… ¡A decirle que estoy aquí! ¡Oh, Dios mío, Dios mío! ¿Cómo había yo de figurarme esto? ¡Yo creí que se habría ido al lugar en busca de su marido, y, como lo tengo allí a buen recaudo, nada me importaba su viaje! ¡Pero irse a la ciudad!… ¡Garduña, corre, corre…, tú que eres andarín, y evita mi perdición! ¡Evita que la terrible molinera entre en mi casa!
—¿Y no me ahorcará Usía si lo consigo? —preguntó irónicamente el alguacil.
—¡Al contrario! Te regalaré unos zapatos en buen uso, que me están grandes. ¡Te regalaré todo lo que quieras!